ADOLFO RIGANTI (1921-1999) – Espiral (1992).

Hay una imagen que penetra mis noches.
Su entorno obsesivo se dilata
y roe los bordes de mi sueño:

Veo un punto que irrumpe en la planicie
de espacio tiempo infinito.
Después
Una curva que asciende
y gira a la vez en su eje.
¿Qué nido invisible desata
un revuelo ominoso de alas?

Pradera argentina en invierno.
Soñoliento despertar
y un mundo intacto que llega.
Veo en él una casa
absorta en un halo dichoso
de trinos, de follaje y de flores.
Hay primavera que tejen
una incansable y frondosa avenida
que conduce a la escuela.
En horas sin tiempo
siento aún su fragancia.

Lentas
se desperezan otras imágenes:
una mañana radiante
y mi mano en el collar fiel de un perro.
Huía de casa con ímpetu.
Pasaban calles y gente.
Llegaban
las últimas casas del pueblo.
Pasaban también.
Después
avanzaba sin pausa por el largo camino.
Sol y lejanía.
E inmensos maizales
flanqueaban mi ruta.

Iglesia de pueblo.
La más temprana misa.
Fugaz campanilleo
y contrabajo de oraciones.
Quieta penumbra del alba.
De pronto
escala de fulgores que se enciende
en altos ventanales.
Por ella descendían
multicolores ángeles y santos,
corderos y patriarcas,
y demonios sulfurosos.
Clarinada del sol
que ponía de pie
a un mundo mágico.
La vida era entonces
el lento gotear
de una difusa ternura.

De pronto, en un instante,
todo se detuvo:
mi tenue, naciente paraíso,
el surco confiado de los días
y en las noches
la barca segura de mi sueños.
Una línea negra
Trizó el espejo encantado.
¿Cómo el tiempo y la muerte
llegaron tan pronto?

Un niño había muerto
y yo lo conocía…
“Solo se ha ido
—decía mi madre—
Estará en el cielo
Y seguirá jugando.
Algún día
lo encontrarás allí.”

¡Oh el soplo helado
que secó todos mis senderos!
Erguido en un vigor que no era mío
grité convulso
a la madre desolada:
“¡No! No quiero irme.
¡No al cielo, no!
Quiero quedarme aquí,
para siempre, aquí en la tierra.”

Duró esa angustia mucho tiempo.
Y ya nunca fui el mismo.
Y ya nada fue lo mismo.
Ahora luces, ruido y movimiento
de una gran ciudad.
Estudios, amigos…
Música y poesía en vastos relámpagos.
Pero siempre
un ascua errante de pasión
rodaba de lo alto
hacia un callado fondo de dolor.
Rutinas grises.
Tedio , furores y acritud.
Aparentemente
nada se movía.
Pero viajaba en la angustia
–ala nocturna–
por ciudades dormidas,
hurañas e insidiosas,
que ollaza con pie inseguro.
¡Y de pronto caía,
caía en el confín del silencio!
Tu clamor helado en el alma
Soledad
me ensordecía…
Era en la última hora.
La hora en que muere la noche
con un gran aleteo postrero
de oscura mariposa.

Larga ceniza de tiempo.
Y un día
en el perdido baldío de un barrio
alguien reencendió en mi
la brasa agonizante.
Llegó alguien,
y fue, a la vez,
troquel y acicate,
llama y transparencia.
Cada aurora de esos días
alumbraba un mundo siempre otro.
Alguna vez
no sin sorpresa
vi reencenderse con luz nueva
los mágicos vitrales de mi infancia:
los que allí vivían
en reino de hadas
eran ahora fuerzas reales
en la vida y en el arte.

Un día entre los días
la suave brisa del destino
llevó mi nave por ruta solitaria.
A tientas mi paso indagaba
doctrinas y rituales
místicos y ascesis.
Llegaron
en larga procesión
cavilosos metafísicos.
Cosmovisiones como ríos
se perdían en un mar desconocido.
Y volvía siempre
a la misma orilla.
Sentado allí interminables horas,
atento al mar insomne,
arrojaba hacia lo hondo,
una y otra vez,
mis silenciosas redes.

Un día dejé todo
y fui a pedir ayuda.
Maestros de ojos extraños
recogieron mi deseo casi agónico:
dilatar la vida aquí en la tierra.
Sopló un viento mágico
en mesetas heladas.
¡Oh, transmutaciones!
Materia que renace en alquímico fulgor.
tomos y espíritu.
Dimensiones del tiempo
escalonadas en orbes paralelos.
Visiones
de arcángeles que pasan
de un mundo hacia otro mundo
por desiertos pasadizos.
Desollado en esa ascesis
caía de pronto
en mi humana y triste realidad:
Nada de dioses.
Ahora el que volvía
Era el mismo que partió…

Pero oculta y persistente
en todos los rincones
de esa cansada paz
el ansia renovada de partir
tañía con apagados martillos
un gong de terciopelo.
A veces se ahondaba la noche
y de su oquedad confusa ascendía
una nueva voz implorante;
“¡Que llegue un alba incandescente
y disipe este sosiego de neblinas!
No el descanso
sino buscar y transformarme
es lo que anhelo.
Porque no eres un límite
Inmensidad callada.
No eres un muro
ante el cual caer de rodillas,
sino un más allá
que nunca deja de serlo
por más que nos acerquemos.”

Hubo una compañera de ruta.
Llegó casi sin darme cuenta.
Pero quedó a mi lado mucho tiempo
como una lámpara suave.
Buscamos juntos
con extraños mapas en la mano
a través de mediodías radiantes
o tristes crepúsculos.
Alguna vez atravesamos
la cámara mortuoria
con la gran momia de oro.
Rugosa oscuridad de teólogos
allí medía y juzgaba,
condenaba y bendecía.
Se oían sus voces:
“Dios es esto. llega hasta aquí.
Puede esto. No quiere aquello. Siente así.”
Y mientras tanto, allá afuera,
cada muro de lo real
se encendía en transparencias misteriosas…

Pero me fui lejos
y ella quedó sola.
Nadie en el circuito inmediato
la veía ni escuchaba.
La dejaron sola.
Tan sola que extravió los caminos
tropezando y cayendo
en hondonadas de terror.
Después lo supe:
ella misma arrojó la finísima copa
y el cristal de su vida estalló en pedazos.
…(Y ahora ¿por dónde errarás?
¿en qué increíble estado?
¿Sentirás, verás, hallarás algo
de aquello que buscamos?
¿O irán tus plantas silenciosas
eternamente
por un reino vacío?
No lo se.
Pero si altas potestades lo permiten
talvez pueda alcanzar
fuera del tiempo
el vuelo de tu sombra)…

Desolación.
Ciudad desierta bajo la luna.
La muerte instaló en las puertas
mis mudos centinelas.
Veía deshacerse el rostro de lo bello:
crujiente gris lo ajaba.
Poco a poco se hacía piedra,.
polvo y ceniza,
olvido y nada.

Llegó después la razón pura
—bella voz de nieve fresca—
tasando y congelando todo
en una blancura de esencias.
E insinuaba, turbadora:
“Dios conjetural…
Hechura de Dios por el hombre
a su imagen.
Hipótesis jamás demostrada.
Solo hay materia y razón
y poco más que eso es el hombre.”

Esa marea amarga
refluía sin embargo.
Perduraba aún el rescoldo
del viejo camino.

Siento que el horizonte se anilla
estrechándose…
Es cierto:
estamos vivos.
El sol
abre aún más corolas
que las ya frías y secas.
Estamos vivos, sí…
Pero ¿cuánta llama nos queda todavía?
Esa niebla que se avecina en mi ruta
¿ es el humo de futuros extintos?
Interrogo en vano a frías pupilas estelares.
¡Comprender, algún día!
¡Desplegar certezas como alas!

Y ahora escucho.
En remota lejanía
un fragor creciente
atraviesa oscura fronteras:
todo aquello que no es solo razón
llega como alud.
Siento llegar un nuevo aire
Y veo como asciende
desde montañas y bosques
un vaho de incienso brillante
hacia los devas radiosos
y el Olimpo estremecido
del viejo Homero.
Veo reencenderse otros ritos
y llegar antiguos dioses
bañados en la luz de acuario.
Descienden intactos
hacia el hombre que espera.

Dioses del silencio.
Dioses del canto y de la danza.
Dioses de pura luz cognoscitiva…Cascadas vivientes
del Dios que allá en la cima
era inaccesible hielo eterno.
Veo incorporarse la inmensa riqueza
de la humana experiencia.
El pasado llega en olas espesas
que cubren tierra y aire:
Moradas incontables
encaramadas en los siglos.
Humor inmenso
de tantos lenguajes diferentes.
Dorada algarabía
de fiestas y de danzas.
multitudes orantes.
Sinfín de melodías
subiendo a las estrellas.
Orgías tenebrosas
de odio, terrores y matanza.
Veo acercarse
el contorsionado oleaje
de un río de dolo:
cuerpos ya marchitos
de hombres y mujeres
venían, duraban, aguantaban
uy al final se iban de la vida
estrujando en yertas manos
los sueños de gozo y amor
nunca vividos…
Veo rostros de otra humanidad.
Imágenes de ignotos artistas
en civilizaciones sepultadas.
Nada era olvidado:
la obra que disfrutó de gloria
y la que murió ignorada
en recodos de violencia y de terror.
Todo era recogido
e izado a los cielos
por manos celestes.
Todo redimido
en un sentido último.
Todo el mundo.
Y toda la vida.
Y toda la memoria.
Y toda la nostalgia.
Sólo caía
en la nada eterna
la ceniza
de los ángeles negros.

Me siento ahora anclado
en un mirar extático…
Y como no soy solo visión
Y porque me siento libre
Elijo hablar.
Nombrarte.
Y de algún extraño modo
hacerte humano. Misterio último:
Dime QUÉ eres.
Dime QUIEN eres.
¿Eres ALGUIEN?
¿Eres ALGO?
¿Cómo debo hablarte?
¿Cómo verte, sentirte?
Interrogamos.
Pero las palabras tienen
nuestra estatura.
Desde su umbral avizoramos
la incierta lejanía,
los cielos que te anillan.
Desde siempre
ejércitos de palabras
te han sitiado
y ahora vemos que te aprisionan
sólo a nosotros.

¿Existe una palabra mágica
o talvez la ruta sea música?
Si son palabras
ayúdame a encontrarlas.
Si no existen
enséñame a crearlas.
Si la ruta canta
enciende en mi la música no oída.
¿Hubo de ella algo
—una gota de tu mar—
en los coros de Parsifal
o en los cantos gregorianos
que flotaban como incienso
en los templos góticos?
No lo se. Pero si eres
la vida de la vida
necesito unirme a ti.
Rudo mesianismo intolerante
siempre te ocultó
con máscaras y títeres
de rótulos divinos.
Larga oscuridad llegó de ellos
a la entraña de la vida.
Pero ahora sabemos que esa sombra
no vino de tu ser.
Fue levantada ante nosotros
para ocultar la belleza
del mundo y de los cuerpos.
Desde entonces
el espíritu abandonó el sexo.
Y en vez del brazo humano
cuyo encontrado oleaje
nos deja siempre
un peldaño más arriba
solo quedó allí
una playa muerta
de charla frívola,
rutina y laxitud.

Con refinada alquimia
se inventó un cuerpo
enemigo del alma…

Así enseñaron
los maestros del odio.
Pacientes y tenaces
crearon doctrinas inmutables
con templos y escuelas
de vahos asesinos.
Cercaron su páramo soberbio
con llamas tenebrosas de terror y obediencia,
¡Oh, eran fuertes!
Eran duros, activos,
sutiles y constantes.
Erigieron un imperio
de losas sepulcrales.
Y aún sus piedras duran.
Pero ya no existe la materia “enemiga”
mi tampoco el espíritu sin ella-
Ya no existe la agonía
de quedar en un puerto desolado
mientras el horizonte esfuma
la nave que nos deja.
Ahora somos
Nave, viaje,
tripulación y porvenir.

He buscado, he andado…
largo, largo tiempo.
Abrí puertas olvidadas,
caminos que ya no eran tales.
Pero al fin
brillaron en mis manos
las claves recónditas.
Salí a cielo abierto.
Y he aquí que habían desaparecido
los soles aciagos.

Puedo ahora decir:
“Yo voy en tu ruta.
También es mi viaje tu giro ascendente
en millones de mundos.
De alguna manera
te siento en mi sangre.
De alguna manera
mi tosca materia
mi vida pequeña
se funde en tu ser.”
Puedo también ahora
gritar a mi alma
y decirle que cante.
¡Canta, danza y exulta!
¡Pero ahora!, ¡ahora!
Talvez mañana la tierra
sea un fulgor que se pierde
en la nube de estrellas.

Amanece.
Y ya no hay Sueño.
Pero sí VISIÓN:
En su último borde
todo cuanto es vida y es mundo
o apenas materia,
detiene su vuelo.
Canta.
E ingresa en la luz.

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